Los brasileños ganan partidos

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Volver al Bernabéu suponía recuperar el elemento espiritual. Algo más que el factor campo, un actor fundamental y a veces paranormal. Las mejores condiciones ambientales empujaban a Ancelotti a pasar del 4-4-2 al 4-3-3 con dos extremos, que puede ser la mejor opción para la mayoría de los partidos caseros.

Tras un prólogo de toques béticos, promesa de un partido bonito de ver, y cuando ya había quien se preguntaba dónde estaba Vinicius, llegó el primer gol: pase de Alaba sobre los defensas, carrera de Vinicius y gol por elevación de un solo toque ante el portero. Lo único reprochable a Vinicius es que en la celebración bailara una samba tímida, semipélvica, solo insinuante. ¡Más samba, Vinicius! ¡Más disloque!

Medio gol era de Alaba, que como central da muchísimo. Debería llegarse al consenso: es su mejor sitio.

Tras el gol, con un estadio esplendoroso y una tarde brillante que hacía pensar en Haaland, en el flamígero Haaland allí, con esa luz y esa camiseta, al Madrid le agarró un acceso de blandura y el Betis, que tiene esa cosa imperturbable, cabezota y flemática de los equipos que juegan bien, siguió con su método buscando sobre todo la banda de Carvajal, pues la de Mendy estaba clausurada.

En el 17, Canales empató en una jugada en la que Borja Iglesias ganó posicionalmente a Militao (mejor en lo largo que en lo corto, en la carrera que en lo quieto) y Canales despistó a Carvajal, que pareció lento y desorientado.

El Madrid reaccionó con un arreón de ocasiones: Vinicius perdonó una que hubiera perdonado hace un par de años y Silva le hizo un paradón a Tchouaméni, un cabezazo sacando medio cuerpo a todos los demás…

El Betis la tenía y avanzaba dentro del campo del Madrid, que esperaba confiado en la velocidad de Vinicius. Eran los centrales quienes le suministraban los mejores balones. Era un Madrid un poco a la expectativa, pocas veces en campo ajeno, sin la prepotencia posicional de otros partidos. Se adivinaba un rasgo nuevo. La capacidad para el robo de Tchouaméni y la velocidad de las puntas provocan un fútbol rápido, irreflexivo, juvenil y un poco alocado que se traduce en ocasiones y balones perdidos; es como si hubiera subido su frecuencia y el partido, por momentos, se hiciera rifa loca, correcalles; el fútbol parece pasar incluso sobre Modric, que lo mira como un Jesuscristo rubio. Se abusó del contragolpe, quizás, y faltó ver al equipo entero volcado en campo ajeno. El temor a la contra bética, posible explicación, era menor porque Fekir había salido del campo lesionado en el minuto 10 (acción en la que se protestó penalti). El Madrid ya antes del descanso preludió sus segundas partes: cuando parece un hombre absorto en la máquina tragaperras jugando una tras otra las monedas que le consigue Tchouaméni.

Otro revulsivo en el banquillo

A la vuelta, el equipo ya quería presionar más arriba pero se encontraba con la misma buena maquinación de Canales. El juego del Madrid, el campo y el partido se estiraba, lo estiraba Vinicius. El partido es un chicle que alarga él. Pero el juego se rompía, parecía una atracción de feria llena de grititos de peligro y el Betis amenazaba. El aficionado disfrutaba porque el tridente del Madrid rozaba el gol, pero era todo un gran desacato a las pizarras. Había en el fondo algo sospechoso en ese general ir y venir. A las personas serías eso no les podía gustar del todo.

Se había invertido, no obstante, la ‘dominación’. Era mayor la iniciativa del Madrid en la segunda parte y el Betis aparecía como contragolpeador. Ahí lució Militao, como brillaron los defensas béticos.

A la altura del 60, movimiento de banquillo, con el mismo efecto benéfico de siempre; Valverde entró por un Camavinga algo fallón y en su primera internada por la banda le dio el gol a Rodrygo, que no había estado mal como extremo pero estaba mejor en el área. La jugada fue una buena arquitectura por la banda: interior, lateral, extremo… Con el gol, el relativo guirigay ya era alegría y justo triunfalismo.

El ritmo del Madrid ya no lo había marcado Modric o el metrónomo de Kroos (no titular), sino los jóvenes, y es un ritmo nuevo al que el equipo se está acostumbrando. Cuando irrumpe Modric es como un suave saxofonista tocando un solo perfecto dentro de otra cosa, paréntesis en otra música. Esa es la transición de estos meses.

Ancelotti sacó a Kroos y Ceballos para poblar el mediocampo y ganar control y el Madrid se fue quedando con el partido sin sufrir. En esos minutos, Benzema y Vinicius parecían cansados para algo más y fue llamativo el sentido de propiedad y ubicación de Tchouaméni, que supo compactar a su alrededor el mediocampo. En los emparejamientos con Joaquín se miraban dos mundos, dos siglos.

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