Guy Steven Hahn: el hombre del Sloppy Joe´s

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Los Remedios, el barrio clase media más icónico de la ciudad al otro lado del río, fue durante los sesenta residencia y parada de los americanos de las bases de Morón y San Pablo. Los más veteranos del lugar recordarán sus automóviles, que los sevillanos veíamos en las películas y que, mucho más a mano aparcados en el barrio, se caía gustoso en la tentación de tocarlos, mirarlos y casi hablarles. En Los Remedios de los americanos fue común ver los Pontiac, Ford, Chevrolet, Cadillac con colores tan desinhibidos como el celeste, el rojo o el verde turquesa que, por su colosalismo, expresaban la diferencia exacta entre el país que los fabricaba y el que los veía aparcados frente a sus bares de preferencia. Ni más ni menos que la dimensión inalcanzable entre una potencia de primer orden y un país en vías de desarrollo. Los Remedios acogieron a muchos de aquellos soldados y oficiales que estaban destinados en las bases militares. Los mismos que entraban con sus costumbres y su música en los locales que se abrieron para llenar las horas de ocio. Los automóviles no solo fueron un signo de la americanización del barrio. También y mucho lo fue la música que sonaba en las máquinas de sus bares, donde se podían escuchar éxitos de la Motown meses antes de que rompieran en Europa. Podríamos decir que manu militari oíamos antes que en Londres lo último de las Supremas, de Elvis o de Marvin Gaye.

No sé si Guy Steven Hahn, el capitán de helicópteros del cuerpo de Rescate de la base de Morón que estuvo destinado en Corea e intervino en la operación de Palomares, usaba uno de aquellos coches que brillaban como la cabeza engominada de Elvis. Pero sí sé decirles que fue el primero o uno de los primeros norteamericanos que mostraron a los sevillanos que existía otra forma de comer. Guy era el típico norteamericano tamaño pívot, afable y extrovertido, que jamás supo llevarse bien con el idioma vernáculo. Chapurreaba el español, lo suficiente como para cabrearse, por ejemplo, con un jovencito del barrio que, por pura travesura de la edad, osó llevarse del coche aparcado frente a su negocio un paquete de tabaco.

Guy abrió Sloppy en la calle Asunción en 1962. Era un espacio pequeño, con forma de tubo, pocas mesas, un bate de béisbol sobre la pared y un cuadro de unas cataratas abundantes. Él se sentaba al comienzo de la barra, delante de una máquina de tabaco, siempre con una jarra de birra en las manos nutriendo una panza budesca y atento a que todo estuviera en orden. Que se sepa, Guy jamás llegó a utilizar el bate de béisbol, tan intimidatorio y admonitorio para los amigos de las revueltas. Cosa que sí ocurrió en los bares de copas, donde la policía militar acostumbraba, de madrugada, a llevarse como fardos a los militares caídos en combate con el güisqui y las broncas colectivas a modo e imagen de los bares del western.

Guy, les decía, enseñó a Sevilla qué era una hamburguesa hecha a la manera americana y cómo te quitaba las tapaderas del sentido una pizza número tres sin anchoas. Los sevillanos empezaron a comer como veían comer en las súper producciones de Hollywood. Y dejaron seducir su paladar por aquella otra colonización gastronómica que trajo, inevitablemente, convivir en el barrio con tantos americanos como lo tuvieron por vecinos hasta que se construyeron, en las bases, sus residencias habituales. Guy se casó con una española, Silvia de la Vega, con la que tuvo tres hijos: Silvia, Robert y Guy. Nadie podía imaginar que aquel pequeño tubo de ensayo gastronómico que fue el primer Sloppy daría, con el paso del tiempo, el estirón empresarial que lo ha llevado a ser reconocido como una gran marca, premiada en 2012 con la medalla de Sevilla. Por entonces, Guy llevaba desde 1994 años con Gary Cooper, que estaba en los cielos, según nos contó Pilar Miró algún tiempo antes.

Bob Chipres, un exmarine de Vietnam, preparador físico del Sevilla de Wallace y apasionado del toreo, tuvo amistad con Guy. Lo conocía a través de un amigo común, John Canty, oficial de la base de Morón que abrió en el Puerto de Santa María la primera pizzería de la ciudad. Chipres me cuenta que, a través de John, se enteró del valor y despliegue humanitario con el que Guy se desenvolvió en un accidente registrado en la base, salvando varias vidas. Bob siempre habla con nostalgia y elogiosamente de aquel Guy Steven Hahn y del mismísimo John, situándolos mentalmente en otro tiempo, como hijos generacionales de la segunda gran guerra. Para Bob, Guy no pertenecía a esta época. Pero a la jovencísima, por entonces, periodista Isamay Briones, vecina de Los Remedios, siempre le pareció un tipo muy actualizado, aunque peleado con el idioma. Un día se lo dijo en su local, que debería aprender español. Y Guy le dijo que para eso estaban sus hijos y su señora, que el que manejaba le llegaba. Y no era incierto. Se las apañaba divinamente cuando algún cliente llegaba con mucho retraso a recoger la comida que había encargado. Para que la pizza no se le enfriara, Guy las colocaba encima de la máquina del café, manteniendo así su tono. La pizza guardaba su temperatura y la de Guy subía reprochándole al cliente su impuntualidad. Los vecinos que lo trataron, por regentar negocios cercanos a Sloppy, dibujan a un tipo educado, afable y que solía regalar a los hijos de los clientes habituales caramelos chupa-chups después de la comida. Los Remedios dejó de tener vecinos americanos de la base, los Cadillac no fueron tan frecuentes en sus aparcamientos y la policía militar no tuvo que intervenir en los bares donde los puños buscaban rostros que tumbar. Pero Sloppy no solo se quedó, sino que creció comercialmente para multiplicar sus locales por Sevilla y el Aljarafe, llevando en ellos el espíritu de Guy Steven, el hombre que enseñó a Sevilla a comer como en las películas de Hollywood…

Tiempos fundacionales

La foto del álbum familiar que ilustra este artículo refleja perfectamente el local fundacional de Sloppy Joe´s. Guy aparece elegantemente vestido al lado de su Oldsmobile y posiblemente fuera tomada en una noche de feria de 1965. Aquel Sloppy no tenía nada que ver en su estética con los actuales. La puerta imitaba a un barril y el espacio era una especie de tubo donde Sevilla aprendió a comer a la americana. Guy vive en el buen recuerdo que dejó entre vecinos y clientes que lo trataron.

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